jueves, 17 de septiembre de 2026

LA RESURRECCIÓN DE GREGORIO SAMSA

 

LA RESURRECCIÓN DE GREGORIO SAMSA

Igor Parra

Idea surgida después de una estancia de trabajo invitado por la Academia de Ciencias de Praga el año 2019



I

Al limpiar las inmundicias que cubrían el cuerpo de Gregorio, el entomólogo Jan descubrió que el bicho aún vivía. Ahora, ese descomunal insecto yacía en su laboratorio particular, cerca de los jardines Wallenstein, en la casa 4b de la calle Letenská, barrio de Malá Strana.

Jirji, el médico de la familia Samsa, y su mejor amigo de infancia, corrió a comunicarle que Gregorio estaba tirado en la basura. Juntos fueron con Jan en carricoche-cabriolé para sacar el cuerpo antes de que lo quemasen o lo tirasen al río. Tenía la intención de incorporar al extraordinario fenómeno a su colección de entomólogo.

Limpió durante horas, y muy cuidadosamente, las superficies superiores e inferiores del insecto. Levantó la caparazón que protegía los élitros y lentamente, para no romperlos, fue desprendiendo la mugre que se había colado hacia esas delicadas partes. Mientras hacía esto intentaba clasificar el fenómeno, aunque sabía, según le había dicho Jirji, que era una persona que se había metamorfoseado en insecto.

Por las formas y funciones del conjunto y de las frágiles partes y segmentos que podía observar lo atribuyó en un primer intento taxonómico como un pariente lejano al género Megasoma. Repentinamente las antenas de Gregorio se agitaron en forma temblorosa. Y las orientó hacia donde estaba él. Supo que no se trataba de un reflejo post mortem. Al contrario.

Jan sintió que la nuca se le erizaba. La lámpara de gas del laboratorio parpadeó. Las antenas de Gregorio se movían con una lentitud deliberada, como si tanteasen el aire en busca de una palabra. Jan se inclinó. El insecto era enorme: élitros negros, abdomen segmentado, patas ganchudas que habían quedado limpias de basura. En la casa 4b de la calle Letenská, a dos pasos de los jardines Wallenstein, todo era silencio. Fuera, la noche de Malá Strana olía a lluvia y a carbón.

Bist du es, Gregor? —susurró Jan en alemán, sin saber por qué.

No hubo respuesta. Pero las antenas se detuvieron. Luego, una pata delantera se levantó y rozó el borde de la mesa. Jan retrocedió. El movimiento no era el de un insecto. Era el de alguien que quiere señalar. O pedir.

En ese momento llamaron a la puerta. Era Jirji, el médico, con el abrigo empapado y el maletín de cuero. Venía del antiguo hospital de las Hermanas de San Carlos Borromeo, bajo Petřín, donde había pasado la noche de guardia. Al ver a Gregorio, se quedó inmóvil.

Mein Gott —dijo—. Er lebt.

—No solo vive —respondió Jan—. Escucha.

Gregorio había girado la cabeza. Sus ojos compuestos, oscuros, reflejaban la llama. No había en ellos odio ni súplica humana; había algo peor: memoria. Jan lo comprendió. Aquel ser recordaba su nombre, su casa, la habitación de la calle; recordaba a su padre, a su madre, a su hermana. Pero no podía hablar. Solo emitía un sonido bajo, como el zumbido de un cable tenso.

Jirji se acercó con cuidado. Le tomó una pata entre los dedos. La cutícula estaba fría.

Das ist kein Insekt —murmuró—. Das ist Gregor.

—¿Qué hacemos? —preguntó Jan—. No podemos tenerlo aquí. Si alguien lo ve...

—Nadie debe verlo.

Gregorio escuchaba. Sus pensamientos, sin embargo, corrían por otro lado. Tenía hambre. Una hambre antigua, animal, que no había sentido nunca antes de la metamorfosis. Pero en su interior persistía una prohibición: no comer carne humana. No importaba cuánto doliera. Había visto a los hombres desde la ventana del hospital; había visto a los niños correr hacia el puente; había visto a los perros y a los gatos vagar por los callejones. Esos sí. Esos podía devorarlos. La idea le produjo una mezcla de asco y alivio.


II

Mientras Gregorio Samsa, insecto y hombre, esperaba la noche en el laboratorio de la casa 4b de la calle Letenská, Jan y Jirji decidían si debían matarlo o salvarlo. La niebla entraba por las rendijas del laboratorio como un animal doméstico. Praga, afuera, empezaba a sonar con ese rumor de ciudad que nunca termina de despertar ni de dormir

Jirji se había quitado la levita negra de paño austríaco y la había colgado del perchero, junto a su cilindro y su bastón. Llevaba todavía el cuello alto y almidonado, la corbata de seda negra, los guantes de cabritilla que ahora dejaba sobre la mesa, uno junto al otro, como dos manos vacías. En el anular le brillaba un anillo de sello con una piedra oscura. Jan, en cambio, seguía con su chaleco de lana verde, el delantal de lino manchado de formol y las gafas de oro que se limpiaba una y otra vez con un pañuelo bordado con sus iniciales.

Mein Gott —dijo Jirji por tercera vez—. Er lebt.

Das ist kein Insekt —respondió Jan, en alemán, como si la lengua de Kafka fuese la única capaz de nombrar lo innombrable—. Das ist Gregor.

Jirji se acercó a la ventana. La luz del amanecer caía sobre los jardines Wallenstein como una ceniza dorada.

—¿Qué hacemos? —preguntó, y el cambio al castellano fue tan natural como el paso del Moldava bajo el puente Carlos.

—Nadie debe verlo —dijo Jan.

—Eso no responde nada. Zabít, či nezabít? Matarlo o no matarlo. To je otázka.

—No es una pregunta checa. Es una pregunta humana.

—Es una pregunta praguesa —dijo Jirji, y sonrió sin alegría—. Aquí todo se decide entre dos lenguas y ninguna termina de convencer.

Jan se sentó en un taburete. El insecto, en el laboratorio, seguía inmóvil, pero sus antenas temblaban cada tanto, como si escuchara. Jirji tomó uno de los frascos del estante, lo miró contra la luz y lo dejó otra vez en su sitio.

—Si es Gregor —dijo—, no podemos matarlo. Sería asesinato. Primum non nocere. Es lo primero que aprendí en la facultad. Pero si ya no es Gregor, si es solo un insecto enorme con recuerdos prestados, entonces dejarlo vivir es una crueldad. Natura non facit saltus, decían los escolásticos. La naturaleza no da saltos. Pero esto es un salto. Un salto metafísico.

—Kant —dijo Jan, y pronunció el nombre como quien saca un cuchillo viejo—. Handle so, dass die Maxime deines Willens jederzeit als Prinzip einer allgemeinen Gesetzgebung gelten könne. Actúa de tal modo que la máxima de tu voluntad pueda valer siempre como principio de una legislación universal. ¿Te suena?

—Me suena —dijo Jirji—. Y me reprocha. Porque Kant nunca vio a un hombre convertido en escarabajo. Nunca tuvo que decidir si un alma humana metida en un cuerpo de insecto sigue siendo humana. Das Ding an sich. La cosa en sí. No la conocemos. Solo conocemos el fenómeno. Y el fenómeno, Jan, es que ese ser tiene hambre.

—Tiene hambre, pero no ha comido hombres. Ha comido perros. Gatos. Ratas. Eso significa que conserva una conciencia moral.

—O que conserva una costumbre. Los masones hablamos mucho de la razón, pero la razón no basta. Cogito, ergo sum. Pienso, luego existo. Pero también: sufro, luego existo. ¿Sufre Gregor?

Jan se levantó. Fue hasta la ventana y miró hacia el jardín. Imaginó al insecto apretado contra la pared del laboratorio, con sus ocho patas aferradas a la madera.

—Las antenas se orientaron hacia mí —dijo—. No era un reflejo post mortem. Era atención. Era memoria. Me reconoció.

—¿Y eso qué prueba? Un perro también reconoce. Un caballo también. No por eso los sentamos en el Karolinum.

—No estamos hablando de un perro. Estamos hablando de Gregorio Samsa. Mi amigo. Tu paciente. El hijo de los Samsa.

Jirji se pasó una mano por el pelo. Luego se sirvió un poco de aguardiente de un frasco que no era de aguardiente. Bebió.

—Como racionalista, como masón, como médico —dijo—, no puedo aceptar categorías morales absolutas. Kant quería un cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí. Pero el cielo de Praga está nublado, Jan. Y la ley moral, a veces, es solo una forma elegante de no decidir. Esse aut non esse. Ser o no ser. Si lo matamos, lo liberamos. Si lo dejamos vivir, lo condenamos a esta monstruosidad.

—O le damos una oportunidad.

—¿De qué? ¿De recordar que fue humano y no poder serlo? ¿De pasear por los tejados y devorar gatos mientras su madre duerme a dos calles de aquí?

Jan se giró. Tenía los ojos húmedos.

—Entonces tú quieres matarlo.

—No he dicho eso. He dicho que no sé. Y que Kant, con todo respeto, es un reproche, no una respuesta. Kategorischer Imperativ. El imperativo categórico. Suena muy bien en Königsberg. Pero aquí, en Malá Strana, entre la niebla y los tranvías, las decisiones se toman con las manos sucias.

—Como masones, creemos en el Gran Arquitecto. En la razón. En la justicia.

—Y en la caridad. No lo olvides. La caridad también es una virtud masónica.

Jan volvió a la mesa. Abrió un cajón y sacó una pequeña jeringa. La puso bajo la lámpara.

—Esto lo mataría en segundos. Morfina. No sentiría nada.

—¿Y tú qué propones?

—Salvarlo. Esconderlo. Alimentarlo con animales. Observarlo. Si algún día ataca a un humano, si cruza esa línea, entonces sí. Entonces lo matamos. Pero no antes.

Jirji lo miró largo. Afuera, una campana sonó en Malostranské náměstí. El día avanzaba. En el laboratorio, Gregorio Samsa, insecto y hombre, seguía esperando la noche, sin saber que su vida acababa de ser decidida en una habitación con olor a formol y a aguardiente.

—De acuerdo —dijo Jirji al fin—. Lo salvamos. Pero con una condición: si alguna vez tengo que matarlo, seré yo. No tú. Yo soy el médico. Yo sé dónde está el corazón, aunque esté escondido bajo un caparazón.

Jan asintió. Guardó la jeringa. Jirji se puso los guantes otra vez, uno por uno. Luego tomó su cilindro, su bastón, su levita negra. Antes de salir, se detuvo.

Es tut mir leid —dijo, sin saber si se lo decía a Gregorio, a Jan o a sí mismo.


III

La decisión estaba tomada. Jan y Jirji salieron del laboratorio de Letenská con la niebla pegada a los zapatos y una pesadumbre que no era del todo humana. Caminaron sin hablar por Malostranské náměstí, pasaron bajo el arco del puente y se internaron en las callejuelas que conducen al barrio judío. Jirji llevaba todavía los guantes de cabritilla, aunque ya no tenía nada que examinar. Jan se había puesto una gorra de paño verde, de esas que usan los checos cuando quieren pasar desapercibidos.

—Tenemos que decírselo —dijo Jan en checo, porque el alemán le pesaba esa mañana.

Wie denn? —respondió Jirji, sin darse cuenta de que había cambiado de lengua—. ¿Cómo le decimos a un insecto que no debe comer hombres? ¿Con un cartel? ¿Con una jeringa?

—Con música.

Jirji se detuvo en seco. Estaban en la esquina de Široká, frente a la sinagoga Vieja-Nueva, cuyas piedras medievales brillaban bajo la lluvia fina. De alguna parte, tal vez de un patio interior, llegaba el sonido de un violín. No era un violín gitano, aunque lo parecía. Era algo más antiguo, más triste. Una melodía que subía y bajaba como si rezara.

Lekhah dodi —dijo Jan—. Es viernes. Los judíos dan la bienvenida a la novia del Shabat. Mi abuela era judía. Lo sé.

Jirji miró hacia la sinagoga. Los ventanucos estaban encendidos. El violín seguía, acompañado ahora por un clarinete. La música salía a la calle como un animal doméstico, se enredaba en los adoquines, subía por los muros.

—Gregorio lo oirá —dijo Jan—. Su laboratorio está a dos calles. Las antenas de un insecto captan vibraciones que nosotros no oímos. Si le hablamos con esta música, quizá entienda que no está solo.

—¿Y qué le diremos? ¿Que lo perdonamos? ¿Que puede quedarse?

—Que lo cuidaremos. Que si no come hombres, le buscaremos un lugar. Un cobertizo en Žižkov. Un patio en Vysočany. Algo periférico, donde pueda cazar ratas y gatos sin que nadie lo vea.

Jirji se pasó la mano por la cara. Llevaba el sombrero hongo ligeramente ladeado, la levita abrochada hasta el cuello, el bastón de puño de plata que su padre le había regalado cuando se graduó en la facultad. Un praguense de su tiempo, un burgués de Malá Strana que hablaba latín en las reuniones masónicas y checo con los criados.

Si vis pacem, para bellum —murmuró—. Si quieres paz, prepara la guerra. Pero esto no es una guerra, Jan. Es una conversación.

—Entonces conversemos.

Entraron en la casa 4b. Gregorio estaba donde lo habían dejado, en el laboratorio, bajo la caparazón que Jan había limpiado con tanto cuidado. Pero algo había cambiado. Las antenas ya no temblaban. Estaban quietas, orientadas hacia la ventana. Hacia la música.

Jan abrió la ventana. El violín sonaba más claro. El clarinete respondía. Y por un instante, en el silencio que siguió, se oyó una voz de hombre cantando en hebreo, con esa entonación antigua que los praguenses de todas las religiones conocen sin saber de dónde.

Gregorio movió una pata. La levantó, la dejó caer. No era un ataque. Era un gesto. Jan lo entendió.

Er hört uns —dijo—. Nos oye.

Jirji se acercó. Se arrodilló frente al insecto, como se arrodilla un médico ante un enfermo terminal, y le habló en alemán, despacio, con la voz que usaba con los niños del hospital.

Gregor. Wir werden dich nicht töten. Aber du darfst keine Menschen essen. Verstehst du? Keine Menschen.

El insecto giró la cabeza. Sus ojos compuestos, oscuros, reflejaron la luz del quinqué. Y luego hizo algo que ninguno de los dos esperaba. Con una pata delantera, tocó el suelo dos veces. Dos golpes suaves, deliberados. Un signo.

Zwei —dijo Jan—. Dos. ¿Qué significa dos?

Jirji tragó saliva.

—Quizá quiere decir que ha entendido. Que hay dos opciones: la vida o la muerte. Y que ha elegido.

—O quizá quiere decir que somos dos los que estamos aquí. Que nos reconoce.

La música seguía. El violín había pasado a un tono menor, más hondo. Desde el callejón llegaba ahora un acordeón. Un acordeón viejo, con fuelle de cuero y teclas amarillentas. Tocaba una melodía que podía ser húngara, podía ser gitana, podía ser judía. En Praga, a esa hora, todo se confundía.

Gregorio cerró los ojos. No tenía párpados, pero sus antenas se plegaron lentamente, como se pliegan las manos de un hombre que reza. Jan se quedó mirándolo. Recordó a su abuela, la que era judía, encendiendo velas los viernes. Recordó las palabras que ella decía, que él nunca aprendió. Recordó que en la primavera, cuando él era niño, la gente del barrio judío salía a la calle a celebrar algo. Pésaj. La Pascua. La liberación de Egipto.

—Es primavera —dijo de pronto—. O casi. Si Gregorio despertó en marzo, como parece, entonces estamos cerca de Pésaj. La fiesta de la libertad.

Jirji lo miró.

—¿Y eso qué importa?

—Que si hay una fiesta, habrá música. Y si hay música, Gregorio la oirá. Y si la oye, sabrá que no está solo. Que su pueblo, el pueblo de Kafka, el pueblo de mi abuela, sigue vivo en esta ciudad.

Afuera, el violín volvió a subir. Una nota larga, sostenida, que parecía no acabar nunca. Gregorio abrió los ojos. Y en el fondo de su monstruosidad, en ese rincón remoto donde aún habitaba el hombre que había sido, algo se movió. No era hambre. No era miedo. Era otra cosa. Algo que se parecía, vagamente, a la esperanza.


IV

La noche cayó sobre Malá Strana como una piedra en el Moldava.

Gregorio Samsa, insecto descomunal, abandonó el laboratorio de la casa 4b de Letenská cuando la última luz se apagó en las ventanas de la calle. No podía volar. Nunca podría volar. Su cuerpo era una fortaleza sin alas, ocho extremidades duras y articuladas, mandíbulas capaces de triturar hueso, y un caparazón que había sido limpiado con esmero por las manos de Jan. Pero la ciudad, esa noche, no era un lugar para un insecto. Era un laberinto de muros, tejados, cornisas y callejones que solo él podía recorrer.

Salió por una ventana entreabierta hacia el jardín, y luego por una grieta en el muro norte, allí donde la piedra se había desmoronado, y se detuvo un instante bajo el arco de Malostranské náměstí. Las luces de gas parpadeaban. Un carruaje cruzó hacia el puente. Nadie lo vio. Empezó a trepar.

La fachada del palacio Liechtenstein era un mapa de salientes y molduras. Gregorio encontró las juntas de los sillares, las grietas del estuco, los ganchos de hierro que sostenían los faroles. Sus patas se aferraban con una fuerza que desafiaba su propio peso. Los tratados de alometría que había leído en el Karolinum decían que la fuerza muscular crece con el cuadrado de la sección transversal, mientras que el peso lo hace con el cubo del volumen. Pero su cuerpo, aquel cuerpo imposible, parecía haber encontrado un equilibrio que ninguna ecuación predecía. Subió por la fachada como si la gravedad fuese una ley extranjera.

Alcanzó la cornisa. Desde allí, Praga era un mar de tejados. Las chimeneas, los frontones, los patios interiores, las cúpulas. El río brillaba a lo lejos, bajo el puente Carlos. Gregorio se orientó por el olfato. El aire venía del este, cargado de un olor mineral, húmedo, antiguo. Hueso. Tierra. Y algo más, algo que su instinto reconoció sin que su memoria humana supiera nombrarlo. Comida.

Comenzó a moverse por los tejados.

La primera dificultad fue la calle Nerudova. Los tejados de Malá Strana se interrumpían bruscamente, y entre un edificio y el siguiente había un abismo de adoquines. Gregorio se detuvo en el borde. Podía caer. Un insecto de su tamaño, al caer, se rompería. Pero recordó lo que Jan había dicho, lo que los tratados de entomología explicaban: el exoesqueleto de los artrópodos no es rígido, no es una armadura de caballero. Es un conjunto de placas duras pero flexibles, unidas por membranas elásticas que permiten a los segmentos superponerse cuando el cuerpo se comprime. Las cucarachas pueden reducir su altura de doce milímetros a cuatro. Pueden aplastarse, plegarse, deslizarse por grietas de un cuarto de centímetro. No se rompen. Se comprimen.

Gregorio se dejó caer.

No fue una caída. Fue una compresión. Su cuerpo se aplanó contra el aire, las patas se plegaron, los élitros se cerraron sobre el abdomen. Aterrizó sobre el tejado de la casa de al lado con un impacto sordo, y en menos de un segundo ya estaba de nuevo en movimiento, como si nada hubiera ocurrido. Las membranas elásticas entre sus placas absorbieron el golpe. Los ganchos de sus patas encontraron las tejas y se aferraron.

Cruzó Nerudova, luego la calle Úvoz, luego los tejados de Strahovská. Abajo, en los callejones, los últimos transeúntes caminaban con las manos en los bolsillos. Una mujer con un chal de lana. Un hombre con un sombrero hongo y un bastón. Un perro que ladró sin convicción. Gregorio los veía desde arriba como se ven los peces desde un puente. No eran comida. No podían serlo.

Bajó por el muro de un patio interior, se deslizó entre dos edificios, y llegó a la calle Újezd. Aquí el aire cambiaba. Olía a cerveza, a carbón, a tabaco. Y a algo más: a cebolla frita, a pimentón, a carne estofada. En alguna cocina cercana, alguien preparaba guláš. El olor subía por los patios interiores como un animal doméstico, se enredaba en las cornisas. Gregorio lo sintió en las antenas y algo en su interior, algo que no era hambre de insecto sino memoria de hombre, se estremeció. Recordó los domingos en casa de sus padres, el olor del guláš de su madre, la mesa tendida, la luz de la lámpara. Luego el recuerdo se disolvió. Siguió avanzando.

Las tabernas estaban cerradas, pero el olor persistía. Gregorio trepó por la fachada de un edificio de apartamentos, cruzó tres tejados, y se encontró en los jardines de Petřín.

La colina era un bosque dentro de la ciudad. Los árboles, las veredas, las escaleras que subían hacia el mirador. Gregorio se detuvo entre las raíces de un roble. Sus antenas temblaron. El olor a hueso era más fuerte aquí. Pero no era Petřín lo que buscaba. Era más al este. Mucho más al este.

Reanudó la marcha.

Cruzó el parque, bajó por la ladera hacia Smíchov, y luego siguió el curso del río por los muelles. El agua olía a hierro y a barro. Una barcaza dormía amarrada a un poste. Gregorio trepó por el muro del embarcadero, cruzó las vías del tranvía, y se internó en el barrio de Nové Město.

Aquí la ciudad era más densa. Más alta. Los edificios se apretaban unos contra otros, y los patios interiores eran pozos de oscuridad. Gregorio avanzaba por las cornisas, saltando de un tejado a otro, comprimiéndose cada vez que el espacio se estrechaba. Su cuerpo era una máquina de adaptación. Las placas de su exoesqueleto se deslizaban unas sobre otras. Las membranas elásticas absorbían la presión. Podía pasar por donde un hombre no pasaría. Podía doblarse, plegarse, aplastarse, y seguir avanzando.

Cruzó la Plaza de Wenceslao por los tejados del Museo Nacional. Las farolas iluminaban la estatua de San Wenceslao a caballo. Un grupo de estudiantes borrachos cantaba en una esquina. Gregorio los ignoró. Siguió hacia el este, hacia Vinohrady, hacia Žižkov.

El olor a hueso era ya una certeza.

Bajó de los tejados en la calle Riegrovy sady, cruzó el parque, y se encontró frente a un muro de ladrillo alto, coronado por una verja de hierro. Detrás del muro, los árboles se apiñaban. Y más allá, las lápidas.

El Antiguo Cementerio Judío de Žižkov había sido fundado en 1680 como fosa común durante la peste. Después, durante dos siglos, la comunidad judía de Praga había enterrado allí a sus muertos. Cuarenta mil personas. Rabinos, eruditos, comerciantes, niños. Hombres y mujeres que habían vivido y muerto en el gueto de Josefov, a orillas del río, y cuyos restos habían sido trasladados aquí cuando las autoridades imperiales prohibieron los enterramientos dentro de las murallas de la ciudad.

Gregorio no sabía nada de esto. No podía saberlo. Pero su instinto, ese instinto animal que compartía con todos los insectos carroñeros, reconocía el olor de la muerte. La tierra removida. El hueso antiguo. La materia orgánica en descomposición. Comida. Comida que no era humana, o que ya no lo era. Comida que nadie reclamaría.

Trepo el muro. La verja de hierro tenía barrotes gruesos, pero él podía comprimirse. Se aplastó contra la piedra, las placas de su exoesqueleto se superpusieron, las membranas se estiraron. Pasó entre los barrotes como una hoja entre las páginas de un libro.

El cementerio estaba oscuro. Las lápidas se inclinaban unas hacia otras, cubiertas de musgo, borradas por la lluvia. Algunas tenían inscripciones en hebreo. Otras en alemán. Otras ya no tenían inscripción alguna. Gregorio avanzó entre las tumbas. Sus patas encontraban la tierra blanda. Sus antenas exploraban el aire. Aquí, bajo la superficie, había huesos. Había carne antigua, reducida a polvo y a sales minerales. Había vida microbiana, hongos, larvas. Todo lo que un insecto carroñero necesita.

Se detuvo junto a una lápida caída. La piedra estaba partida. La tierra de debajo se había hundido, formando una pequeña depresión. Gregorio introdujo las mandíbulas.

Lo que ocurrió después fue, para él, pura fisiología. Las mandíbulas, duras y dentadas, cortaron la tierra y los fragmentos de hueso en porciones que la faringe podía tragar. El esófago, un tubo muscular revestido de quitina, empujó el bolo hacia el buche mediante contracciones peristálticas. El buche —el crop de los tratados ingleses, el jabot de los franceses— era un divertículo elástico, una bolsa de paredes delgadas que en un insecto de aquel tamaño podía dilatarse hasta ocupar la mayor parte del abdomen. Allí, la saliva —un líquido alcalino secretado por las glándulas salivales— comenzaba a descomponer los almidones y las grasas. Luego, el bolo pasaba al proventrículo, una cámara con dientes quitinosos y músculos circulares potentes que trituraban la materia hasta convertirla en una papilla fina, como la molleja de un ave.

Pero lo que verdaderamente importaba era el intestino medio. El mesenteron. Un tubo de gran calibre, rodeado de ciegos gástricos, que secretaba enzimas digestivas y absorbía los nutrientes. En un escarabajo carnívoro como Dytiscus, el intestino medio era voluminoso, y el intestino posterior, largo y sinuoso, ofrecía una superficie de absorción enorme. Gregorio no era un Dytiscus. Pero su cuerpo, aquel cuerpo imposible, parecía haber conservado la arquitectura básica de los coleópteros: un buche dilatado, un proventrículo triturador, un intestino medio absorbente, un intestino posterior que extraía hasta la última molécula de agua y nutrientes antes de expulsar los residuos.

Comió durante horas.

No fue un acto de glotonería. Fue un acto de metabolismo. La materia orgánica del cementerio —raíces, humus, fragmentos de hueso, larvas, hongos— entraba en su cuerpo y se transformaba. Las proteínas se descomponían en aminoácidos. Las grasas en ácidos grasos. Los carbohidratos en glucosa. Los nutrientes pasaban a la hemolinfa, la sangre de los insectos, y de allí al cuerpo graso, ese tejido que en los artrópodos cumple las funciones del hígado y del tejido adiposo de los vertebrados. El cuerpo graso almacenaba lípidos, glucógeno, proteínas. Era una reserva. Era la garantía de que, durante días, quizá semanas, Gregorio no necesitaría cazar. No necesitaría salir. No necesitaría acercarse a los perros, a los gatos, a los humanos.

Cuando el buche estuvo lleno, las señales de saciedad se dispararon. Los mecanorreceptores de las paredes del buche, distendidos por la comida, enviaron impulsos al ganglio frontal. Las sulfaquininas, péptidos homólogos a la colecistoquinina de los vertebrados, circularon por la hemolinfa y suprimieron el impulso de seguir comiendo. En la mayoría de los insectos, el tamaño de la comida está regulado por estos receptores de estiramiento: cuando el buche alcanza aproximadamente el ochenta y cinco por ciento de su capacidad máxima, la ingestión se detiene. Gregorio se detuvo.

Se retiró a un rincón del cementerio, junto al muro, donde las ramas de un tejo formaban una bóveda oscura. Se plegó sobre sí mismo. Las patas se recogieron. Los élitros se cerraron. Las membranas elásticas se relajaron. Su cuerpo, que había sido una fortaleza, se convirtió en una piedra más entre las piedras.

Lo que había comido no era carne humana fresca. Era otra cosa. Era el pasado. Era la ciudad entera, reducida a minerales. Y sin embargo, aquella comida bastaba. El cuerpo graso se expandía. Las reservas se acumulaban. La autonomía se prolongaba. Durante los próximos días, quizá una semana, no tendría que cazar. No tendría que matar. No tendría que elegir entre un perro y un hombre.

Antes de que el sol saliera, Gregorio Samsa, insecto y hombre, había encontrado su rutina. Dormir de día en los cementerios. Alimentarse de la tierra. Trepar por los muros. Comprimirse en las grietas. Sobrevivir.

Y en el fondo de su ser, en ese rincón remoto donde aún vivía el hombre que había sido, una voz repetía las palabras de Jan, las palabras que había pronunciado en el laboratorio de Letenská, cuando todavía creía que podía salvarse: Keine Menschen. Verstehst du? Keine Menschen. No humanos. ¿Entiendes? No humanos.

Gregorio entendía.

El amanecer lo encontró inmóvil bajo el tejo. Sobre él, las lápidas del cementerio judío de Žižkov se recortaban contra un cielo de ceniza. A lo lejos, las chimeneas de las fábricas de Vinohrady empezaban a humear, y la aguja neogótica de la iglesia de San Procopio se perdía en la niebla. En las calles, los primeros obreros cruzaban hacia las fábricas. De alguna cocina cercana llegaba el olor del svíčková —carne de res estofada en salsa de crema y verduras—, un aroma denso, dulzón, que se mezclaba con el de la tierra húmeda del cementerio. La ciudad despertaba. Los tranvías empezaban a sonar.

Y Gregorio Samsa, insecto descomunal, hijo pródigo de una ciudad que ya no lo reconocía, dormía el sueño de los justos entre los muertos, con el buche lleno y el cuerpo graso acumulando reservas, mientras Praga, ajena y eterna, seguía girando bajo el cielo de Bohemia.


V

El hospital universitario de Praga, en la calle U Nemocnice, era un laberinto de corredores abovedados y salas con techos altos que olían a fenol y a yeso húmedo. Jirji bajó las escaleras hacia el sótano, donde estaba la sala de disección. Los escalones eran de piedra gastada, y en las paredes se veían las marcas de años de carretillas y camillas. Al fondo del corredor, una puerta doble de madera pintada de verde daba a la morgue.

Dentro, la luz entraba por unos ventanucos altos, sesgada y polvorienta. Doce mesas de mármol blanco, distribuidas en dos filas, ocupaban casi todo el espacio. Sobre algunas había cuerpos cubiertos con sábanas de lino. El suelo era de baldosas rojas, y en el centro de la sala, un desagüe de hierro fundido. En un rincón, un armario de instrumentos: escalpelos, sierras, costótomos, tijeras de disección, pinzas. Todo ordenado como un instrumental de orquesta. Jirji había enseñado anatomía patológica allí durante siete años, los jueves por la mañana. Conocía el olor de la muerte como otros conocen el olor de su propia casa.

Jan entró detrás de él. Llevaba la gorra de paño verde en la mano y el abrigo desabrochado. Había llegado corriendo desde Malá Strana, y todavía tenía la niebla del río en la ropa.

—Se ha ido —dijo Jan, sin preámbulos—. No está en los jardines Wallenstein.

Jirji se quedó quieto, con la mano en el tirador de un cajón de instrumentos.

—¿Cuándo?

—Anoche. Fui a llevarle agua. La gruta estaba vacía. Solo había marcas en la tierra. Y esto.

Le tendió un trozo de papel arrugado, de esos que los tenderos usaban para envolver pan. En el reverso, con una letra temblorosa pero legible, alguien había escrito una sola palabra en alemán: Weiter.

—Sigue. O más lejos. No sé qué significa.

Jirji tomó el papel. Lo miró contra la luz.

—Significa que la parte humana todavía puede escribir. Pero también significa que se ha ido. Sin esperar. Sin avisarnos.

—¿Y eso qué quiere decir?

Jirji dejó el papel sobre una de las mesas de mármol. Luego abrió el cajón y sacó un escalpelo pequeño, de hoja fina, que usaba para las disecciones delicadas.

—Quiere decir que la metamorfosis no se ha detenido. Sigue avanzando. La parte insecto está creciendo sobre la zona remota de su cerebro humano. Los ganglios, los lóbulos, los cuerpos pedunculados. En un insecto, la memoria no funciona como en nosotros. No recuerda amigos, ni calles, ni promesas. Recuerda olores, temperaturas, direcciones. Rutas. Si se ha ido, es porque su instinto le ha dicho que allí ya no había comida. O porque el instinto le ha dicho que buscara otra cosa.

—¿Otra cosa? ¿Qué cosa?

—No lo sé. Pero si ya no está en Malá Strana, tenemos que encontrarlo antes de que alguien más lo encuentre.

Jan se pasó la mano por el pelo. En la mesa, junto al papel, había un frasco con una etiqueta escrita a mano: Leber, 12. III. 1912. Hígado.

—No tenemos ninguna pista —dijo—. Ni una sola.

—Entonces tendremos que buscarla.

Salieron de la morgue a la luz gris de la mañana. En el patio del hospital, los estudiantes de medicina cruzaban con sus delantales manchados. Un carro de carbón esperaba junto a la puerta de servicio. Olía a lluvia y a hollín. Jirji se puso los guantes de cabritilla y ajustó el cuello almidonado.

Caminaron sin rumbo por las calles del barrio de Nové Město. Pasaron frente al convento de las Hermanas de la Misericordia, con su fachada barroca y su iglesia de San Simón y San Judas. Luego cruzaron hacia Karlovo náměstí, la plaza más grande de la ciudad, donde se alzaba el Ayuntamiento Nuevo con su torre y su reloj. Un grupo de obreros esperaba el tranvía. Un vendedor de koláče pregonaba su mercancía: pequeños pasteles redondos, rellenos de ciruela o de queso, que los praguenses compraban a media mañana.

—¿Y si preguntamos en la policía? —dijo Jan—. Por si alguien ha visto algo. Muertes extrañas. Animales destrozados.

—La policía no registra muertes de gatos —dijo Jirji—. Pero podemos intentarlo.

Fueron a la comisaría del distrito, en la calle Spálená, un edificio austero de tres pisos con ventanas enrejadas. El comisario, un hombre bajito con bigote de morsa y uniforme azul oscuro, los atendió con desconfianza.

—¿Muertes de animales? —repitió—. ¿Qué clase de animales?

—Perros. Gatos. Ratas. Cualquier cosa.

—En esta ciudad mueren cientos de perros y gatos cada semana. No llevamos registro. Si quiere, pregunte en el matadero.

—¿Y muertes de personas? ¿Algo extraño? ¿Heridas que no correspondan a un cuchillo, a un arma?

El comisario los miró largo.

—¿Ustedes son médicos?

—Yo soy médico. Él es entomólogo.

—¿Entomólogo? ¿Y qué tiene que ver un entomólogo con muertes extrañas?

Jirji sonrió sin ganas.

—Nada. Absolutamente nada. Gracias por su tiempo.

Salieron a la calle. El día seguía gris, con esa luz plana que en Praga a veces dura semanas enteras. Jan se abrochó el abrigo.

—¿Y ahora?

—Ahora vamos a los cuarteles. Hay tres cerca de aquí. El de Karlín, el de Vinohrady, y el de la Ciudad Vieja. Los soldados patrullan de noche. Si algo raro ha pasado, ellos lo saben.

El cuartel de Karlín era un edificio enorme de ladrillo rojo, con un patio de armas y una garita en la entrada. Un centinela con casco de latón les cerró el paso.

—No podemos dar información —dijo—. Vuelvan mañana. O pasado.

—Es urgente.

—Todo es urgente. Vuelvan mañana.

Fueron al cuartel de Vinohrady, en la calle Riegrovy sady, cerca del parque. Allí un oficial joven, con acento alemán, los escuchó con más paciencia.

—Anoche hubo un incidente —dijo—. En el cementerio judío de Žižkov. Un guardia oyó ruidos. Dijo que parecían animales grandes. Pero cuando fue a mirar, no encontró nada. Solo unas marcas en la tierra. Como si algo hubiera estado comiendo.

Jan y Jirji se miraron.

—¿Marcas? ¿Qué clase de marcas?

—No lo sé. El guardia no es muy listo. Dijo que parecían patas. Muchas patas.

Salieron del cuartel casi corriendo. En la calle, un carro de caballos pasó salpicando agua de un charco. Olía a estiércol y a pan recién hecho. Una panadería cercana exhibía en su escaparate rohlíky y chleba, hogazas oscuras de centeno que los checos comían con cada comida.

—El cementerio de Žižkov —dijo Jan—. ¿Por qué allí?

—Porque hay comida. Pero no comida humana. Restos. Huesos. Materia orgánica. Un insecto carroñero encuentra eso irresistible.

—¿Y por qué no volvió? ¿Por qué no está allí ahora?

Jirji se detuvo en la esquina de la calle. Un tranvía pasó con un chirrido metálico. En la acera de enfrente, un grupo de niños jugaba con un aro.

—Porque los insectos no recuerdan lugares por su nombre. No piensan: el cementerio de Žižkov. Piensan: donde comí. Y si la comida se acabó, o si el sitio se volvió peligroso, buscan otro. Se guían por el olfato, por la temperatura, por la humedad. Su memoria no es como la nuestra. Está en los cuerpos pedunculados, en los lóbulos de los hongos. Es una memoria de rutas, de direcciones, de señales químicas. No de amistades.

Jan lo miró.

—Entonces ya no recuerda nada de nosotros.

—No lo sé. Quizá recuerde algo. Un olor, una voz. Pero no puede confiar en eso. No podemos confiar en eso.

Siguieron caminando. Pasaron frente a la iglesia de San Procopio, con su aguja neogótica perdiéndose en la niebla. Luego frente al monasterio de Strahov, en la colina, con sus muros blancos y sus tejados rojos. La ciudad se extendía a sus pies, indiferente, eterna. Gregorio Samsa, insecto y hombre, estaba en alguna parte. Quizá en un tejado. Quizá en un sótano. Quizá en otro cementerio, más al norte, más al este. Comiendo tierra, huesos, larvas. Sobreviviendo.

—Tenemos que buscarlo —dijo Jan—. Aunque no sepamos dónde.

—Sí —dijo Jirji—. Pero no podemos buscarlo como buscamos a una persona. Tenemos que buscarlo como se busca a un insecto. Por el rastro. Por la comida. Por los restos.

Jan asintió. En el cielo, sobre los tejados de Vinohrady, una bandada de cuervos cruzaba hacia el río. La ciudad, ajena y eterna, seguía girando bajo el cielo de Bohemia. Y en algún rincón oscuro de esa ciudad, un insecto descomunal con recuerdos de hombre seguía avanzando, guiado por una memoria que ya no era suya, hacia un lugar que ninguno de los dos podía imaginar.


VI

La información que Jan buscaba no estaba en los libros de medicina. Estaba en los tratados de entomología. Por eso, aquella mañana, en lugar de ir al hospital, se sentó en la biblioteca del Karolinum, en una sala de techos altos y estanterías de roble que olía a papel viejo y a cera de abejas.

El libro que tenía delante era una Histoire naturelle des insectes, encuadernada en piel de Rusia, de grano fino y color vino oscuro, con letras doradas en el lomo. El papel era verjurado, de trapo, ligeramente amarillento, con esa textura ligeramente rugosa que solo tienen los libros europeos anteriores a la industrialización de la pasta de madera. En la portada, un ex libris con un escarabajo grabado. En el colofón, el nombre del impresor y la fecha: París, 1842.

Jan pasó las páginas con cuidado. Buscaba un capítulo concreto. Lo encontró en la parte dedicada a los coleópteros.

La durée de la vie chez les coléoptères est extrêmement variable. Chez les petites espèces, quelques semaines; chez les grandes, plusieurs mois, parfois un an ou deux. Mais il faut distinguer entre la durée de la vie larvaire et celle de l'adulte. Certaines larves de longicornes vivent dix, quinze, vingt ans dans le bois avant de se métamorphoser. L'adulte, en revanche, ne survit que quelques semaines, le temps de s'accoupler et de pondre.

Jan levantó la vista. Mais il faut distinguer. Siempre había que distinguir.

En otro estante encontró un tratado inglés, la Introduction to Entomology de Kirby y Spence, encuadernada en calf —piel de ternera— con las tapas marmoleadas y los cantos dorados. La letra era pequeña, precisa. El papel, de trapo, sin ácido. Leyó:

The duration of life in insects is not proportionate to their size. A large beetle may live no longer than a small one. The factors that determine longevity are complex: the availability of food, the rigours of climate, the presence of predators, the energy reserves accumulated during the larval stage. In captivity, many large beetles live far longer than in the wild. But in the wild, their lives are short and precarious.

Jan cerró el libro. En la mesa de al lado había un volumen alemán, el Handbuch der Entomologie de Burmeister, encuadernado en media piel con papel de aguas en las tapas. Lo abrió por el índice. Lebensdauer. Longevidad. El capítulo era breve.

Die Lebensdauer der Insekten ist im Verhältnis zu ihrer Körpergröße bemerkenswert kurz. Ein Hirschkäfer, der größte einheimische Käfer, lebt als Adulttier nur wenige Wochen. Ein Maikäfer lebt als Käfer einige Tage bis Wochen. Die Larvenstadien hingegen können mehrere Jahre dauern. Doch bei einer Art von der Größe des Gregor Samsa gibt es keine Vergleichsdaten. Die Gesetze der Allometrie lassen keine Vorhersage zu.

No había comparación posible. No había datos. Un insecto de un metro de longitud, con un metabolismo de insecto y una masa de mamífero, era una imposibilidad biológica. Y, sin embargo, ahí estaba.

Jan tomó notas en un cuaderno de tapas negras. Escribió: Metabolismo: tasa metabólica de un insecto de gran tamaño. Consumo de oxígeno. Respiración traqueal. Difusión pasiva. Limitaciones físicas. Luego, debajo: Cuerpo graso. Reservas energéticas. Autonomía estimada.

Los cálculos eran fríos. La tasa metabólica de un insecto sigue la ley de Kleiber modificada para invertebrados. Un insecto de un metro de longitud, con un peso estimado de veinte o treinta kilos, tendría una tasa metabólica enorme. Pero su sistema traqueal, diseñado para la difusión pasiva de oxígeno, no podría sostener ese metabolismo. La superficie de intercambio de gases sería insuficiente. Las tráqueas colapsarían bajo su propio peso.

Y sin embargo, ahí estaba. Comiendo tierra. Acumulando reservas. Sobreviviendo.

Jan cerró el cuaderno. Miró por la ventana. En el patio del Karolinum, unos estudiantes cruzaban con libros bajo el brazo. Un profesor con toga y birrete salía de una sala. La vida académica seguía, ajena a todo.

La conclusión era clínica. No había forma de saber cuánto viviría Gregorio Samsa. La ciencia no tenía respuestas. Solo probabilidades. Un insecto grande, en condiciones óptimas, con comida abundante y sin depredadores, podría vivir meses. Quizá un año. Quizá dos. O quizá, como los longicornios, su larva había vivido durante años y su etapa adulta sería breve, un parpadeo, una estación.

Jan no lo sabía. Y Jirji tampoco lo sabría. Nadie lo sabría hasta que ocurriera.

Guardó los libros en el estante. La piel de Rusia, el papel de trapo, las letras doradas. Todo aquel saber acumulado, encuadernado con esmero por artesanos que ya habían muerto, no servía para responder la única pregunta que importaba: ¿cuánto tiempo le quedaba a Gregorio?

Salió de la biblioteca. En la calle, el sol brillaba sobre los tejados de la Ciudad Vieja. Olía a pan recién hecho, a cerveza, a carbón. Un vendedor de trdelník giraba su masa de azúcar y nueces sobre las brasas. Los tranvías sonaban. La vida continuaba.

Y en algún rincón de la ciudad, un insecto descomunal con memoria de hombre seguía comiendo, acumulando reservas, esperando la noche. Un organismo sin parámetros conocidos, sin curvas de supervivencia, sin datos en ningún tratado. Una anomalía estadística. Un error de la naturaleza. O quizá, simplemente, algo que la ciencia aún no había aprendido a medir.

Jan se abrochó el abrigo. Tenía que encontrar a Jirji. Tenían que hablar. Pero no de números. No de tasas metabólicas. De algo más urgente: de lo que harían cuando las reservas se agotaran, cuando el cuerpo graso se consumiera, cuando el insecto volviera a tener hambre. Y de lo que harían si, en ese momento, ya no quedaba nada humano en él.


VII

La lluvia caía sobre Žižkov como una cortina fina, persistente, de esas que en Praga duran días enteros y lo empapan todo: los adoquines, los muros, la ropa, los huesos. Jan y Jirji llegaron al cementerio judío pasadas las diez de la noche. La verja de hierro estaba cerrada, pero junto a la garita del guardián ardía una luz amarillenta. Dentro, alguien canturreaba.

Jirji llevaba en la mano una botella de slivovice, del aguardiente de ciruela que los checos destilan en casa y que quema la garganta como un hierro candente. Jan cargaba una bolsa de lona con dos botellas más y un fajo de billetes de cien coronas, esos que el Banco Austrohúngaro había emitido en 1910 con el retrato de una mujer y flores, y que acababan de ser sustituidos en 1912 por otro diseño más moderno. Billetes grandes, de color púrpura y verde, con el águila bicéfala y las dos coronas, la austríaca y la húngara, enfrentadas en el anverso y el reverso. En tiempos de escasez, cien coronas era el salario de un obrero durante semanas. Para un guardia de cementerio, era una fortuna.

Llamaron a la garita. El guardián que abrió era un hombre corpulento, de bigote gris y manos como palas. Olía a tabaco y a cebolla. Detrás de él, en un banco de madera, dormitaba otro hombre más joven, con la chaqueta del uniforme desabrochada. Sobre la mesa, un ejemplar atrasado del Prager Tagblatt servía de mantel para un plato de salchichas y un vaso de cerveza.

—Buenas noches —dijo Jirji en checo—. Venimos a hacer una inspección. Somos médicos. Hay rumores de que alguien está excavando en las tumbas recientes.

El guardián los miró con desconfianza. Luego vio la botella.

—¿Y eso?

—Slivovice. De la buena. Para el frío.

Se sentaron en la garita. El guardián joven se despertó y aceptó un vaso. Jan sirvió cuatro rondas. El aguardiente ardía en la garganta y calentaba el pecho. Los guardias, que llevaban semanas sin ver un billete grande, aceptaron el fajo sin muchas preguntas. No era soborno, exactamente. Era una propina. Una cortesía entre caballeros.

El guardián viejo tomó el periódico y lo apartó del plato. La primera plana estaba dedicada a los disturbios en los Balcanes y a una huelga en las minas de Kladno. Más abajo, un artículo breve informaba de un supuesto caso de profanación en el cementerio judío de Žižkov. El guardián lo señaló con el dedo.

—Ya ve. Esto salió anteayer. El Tagblatt dice que unos ladrones intentaron abrir un mausoleo. Mentira. No fue un ladrón.

—¿Qué fue, entonces?

—Cosas raras. Hace unas noches, algo estuvo excavando en la zona de las tumbas pobres. Las que están cerca del muro sur, donde entierran a los que no pueden pagar un mausoleo. No rompió las puertas de los ricos. No tocó los sarcófagos de mármol. Solo removió la tierra de las fosas poco profundas. Como si buscara algo blando.

—¿Y qué encontraron?

—Nada. La tierra removida. Un olor raro. Y unas marcas. Como de patas. Muchas patas.

El guardián joven intervino.

—Yo vi algo. Una sombra. Grande. Se movía por la zona de las fosas comunes. Al principio creí que era un perro. Pero los perros no trepan a los muros.

—¿Trepan a los muros?

—Sí. Lo vi subir por el muro oeste. Como si nada. Como si la piedra fuera un camino.

Jan y Jirji se miraron. Bebieron otro vaso. La lluvia seguía cayendo sobre el tejado de la garita. En el periódico, junto a la noticia de la profanación, había un editorial sobre el aumento del antisemitismo en los barrios alemanes de la ciudad. Der Hass wächst, decía el titular. El odio crece. Los guardias escuchaban sin interés. Eran checos. La política les resbalaba, o quizá les dolía demasiado.

Salieron del cementerio poco después de medianoche. La lluvia había amainado, pero el suelo era un barrizal. Las farolas de gas, altas y de hierro fundido, con brazos curvados y llamas protegidas por cristales sucios, apenas iluminaban los senderos. No eran farolas de minero, sino las clásicas de gas de las ciudades austrohúngaras, alimentadas por el gas de carbón que llegaba desde la fábrica de Michle. La luz era débil, amarillenta, parpadeante. En noches de lluvia, como aquella, apenas servían para distinguir las lápidas de los árboles.

Caminaron despacio por los senderos. Jan llevaba la mano en el bolsillo del abrigo, donde guardaba un pequeño revólver de bolsillo, un Bulldog de cañón corto que había comprado en una armería de la calle Celetná. Jirji, más previsor, había traído su propio revólver, un Rast & Gasser de servicio, pesado y fiable.

—¿Crees que está aquí? —preguntó Jan.

—No lo sé. Pero si un insecto de su tamaño necesita comida, y si la comida más abundante está en las tumbas recientes, entonces este es el lugar.

—¿Y si ya no recuerda nada? ¿Y si nos ataca?

—No atacará. Los insectos no atacan por gusto. Atacan por hambre o por miedo. Si nos reconoce, no nos atacará.

—¿Y si no nos reconoce?

Jirji no respondió. La lluvia caía sobre sus sombreros. Pasaron junto a una fosa reciente, poco profunda, con una lápida de madera provisional. La tierra estaba removida. Alguien, o algo, había estado cavando.

—Mira esto —dijo Jan.

Se arrodilló. La tierra estaba blanda, húmeda, pero no había huellas de pala. Había marcas. Muchas marcas. Como si un ejército de patas hubiera pasado por allí.

—Es él —dijo Jirji—. Tiene que ser él.

Siguieron avanzando. La zona de las tumbas pobres estaba al fondo del cementerio, junto al muro sur. Era un terreno irregular, con tumbas alineadas sin orden, algunas sin lápida, otras con una simple piedra sin nombre. Aquí enterraban a los indigentes, a los suicidas, a los que no tenían familia. La tierra era blanda y profunda.

Jirji se detuvo. Escuchó.

—¿Qué?

—Silencio.

La lluvia había cesado. El cementerio quedó en un silencio absoluto. Ni grillos, ni viento, ni tranvías. Solo el goteo del agua en las lápidas.

Entonces lo oyeron. Un sonido bajo, húmedo, como si algo grande se arrastrara sobre la tierra mojada. Venía de detrás de un muro bajo, cerca de las fosas comunes. Jan sacó el revólver. Jirji hizo lo mismo.

Se giraron.

Allí estaba.

La luz de la farola más cercana, una de esas de gas con cristales sucios, lo iluminaba a medias. Era enorme. Más grande de lo que recordaban. Su caparazón brillaba bajo la lluvia, negro y lustroso, como un mueble de ébano recién encerado. Las patas, ocho, se aferraban al barro con una fuerza tranquila. Las antenas se movían lentamente, tanteando el aire.

Jan se quedó sin aliento.

Mein Gott —susurró Jirji.

El insecto no se movió. Estaba quieto, a unos diez metros de ellos, en medio del sendero. No huía. No atacaba. Solo los miraba. Sus ojos compuestos, oscuros, reflectaban la luz de la farola como dos charcos de aceite.

Jirji bajó el revólver. Lentamente.

Gregor —dijo—. Bist du es?

El insecto no respondió. No podía. Pero sus antenas se orientaron hacia la voz. Y luego, muy despacio, una pata delantera se levantó. No era un gesto de ataque. Era otra cosa. Era, quizá, un saludo. O una señal. O simplemente el movimiento de un animal que reconoce una voz antigua, muy antigua, perdida en el fondo de una memoria que ya no era humana.

Jan no bajó su revólver. Pero tampoco disparó.

—Está limpio —dijo, en voz baja—. Y ágil. Se ha alimentado bien.

—Sí. El cuerpo graso está lleno. Lo veo en el abdomen.

—¿Qué hacemos?

Jirji guardó el revólver en el cinto. Luego dio un paso adelante. El insecto no se movió.

Gregor. Wir werden dich nicht töten. Aber du darfst keine Menschen essen. Verstehst du? Keine Menschen.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire húmedo. El insecto giró la cabeza. Sus antenas temblaron. Y luego, con una lentitud que parecía deliberada, retrocedió un paso. No huyó. Solo se apartó del sendero, dejándoles el camino libre.

Jirji tragó saliva.

—Nos ha reconocido —dijo—. En algún lugar de su cerebro de insecto, nos ha reconocido.

—¿Y ahora?

—Ahora nos vamos. Despacio. Sin gestos bruscos.

Caminaron hacia atrás, paso a paso, sin dejar de mirarlo. El insecto permaneció inmóvil, junto al muro, bajo la lluvia fina. Cuando llegaron a la verja, Jan se giró una última vez. La luz de la farola parpadeó. El insecto seguía allí, quieto, observándolos.

Salieron del cementerio. La garita del guardián estaba apagada. Los hombres dormían. La ciudad, al otro lado del muro, seguía girando: los tranvías, las fábricas, los cafés, los periódicos. En la esquina de la calle, un vendedor de klobásy —salchichas ahumadas de cerdo, servidas con mostaza y pan de centeno— cerraba su puesto. Olía a carne y a humo. Jan y Jirji pasaron sin verlo.

Caminaron en silencio hasta la parada del tranvía. El reloj de la estación marcaba las tres de la madrugada.

—La metamorfosis no se ha detenido —dijo Jirji al fin—. La parte insecto sigue creciendo. Ya no recuerda calles, ni nombres, ni promesas. Pero hay algo. Un residuo. Un rastro de memoria en los ganglios. Nos reconoció.

—¿Y eso qué significa?

—Que todavía queda algo de Gregorio Samsa en ese cuerpo. Pero no sabemos cuánto tiempo durará. Ni cuánto vivirá. Los tratados no dicen nada. La alometría no lo predice. Es una anomalía. Un error de la naturaleza. O un milagro.

El tranvía llegó con un chirrido metálico. Subieron. El vehículo avanzó por las calles vacías de Vinohrady, hacia el centro. Las farolas de gas parpadeaban en las esquinas. En algún lugar, detrás de ellos, en el cementerio judío de Žižkov, un insecto descomunal con recuerdos de hombre esperaba la noche siguiente. Y la siguiente. Y la siguiente.

Jirji miró por la ventanilla.

—Este cuento no ha terminado —dijo—. Solo ha empezado.

Jan no respondió. El tranvía siguió avanzando hacia el amanecer. La ciudad, ajena y eterna, seguía girando bajo el cielo de Bohemia.

* * *

Aquí termina la primera parte de la resurrección de Gregor Samsa. Lo que sigue —su adaptación a la vida de insecto, su relación con Jan y Jirji, su destino en una ciudad que ya no lo reconoce— pertenece a los cuadernos segundo y tercero, que se escribirán en su momento. Lo único seguro, lo único que ni la ciencia ni la filosofía pueden negar, es que Gregor Samsa está vivo. Y que, por ahora, se ha adaptado.